Martes 7 de abril de 2015. Martes de la Octava de Pascua

Lectura del santo evangelio según san Juan

 

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:

– «Mujer, ¿por qué lloras?»

Ella les contesta:

– «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:

– «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

– «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»

Jesús le dice:

– « ¡María!»

Ella se vuelve y le dice:

– « ¡Rabboni!», que significa: « ¡Maestro!»

Jesús le dice:

– «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”»

María Magdalena fue y anunció a los discípulos:

– «He visto al Señor y ha dicho esto.» (Jn. 20, 11-18)

 

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Nos reconocemos: Él pronuncia nuestro nombre como nadie más podría pronunciarlo, pues nadie puede amarnos como Él nos ama. Y nosotros, ayudados por la fe, vamos dando a Jesús los nombres que, creyendo, hemos aprendido: “Maestro”, “Señor”. Nos reconocemos: Él nos envuelve con la ternura con que pronuncia nuestro nombre. Y nosotros lo hacemos partícipe de las lágrimas con que lloramos su ausencia, y del gozo con el que celebramos su presencia. Nos reconocemos: Él se nos revela más dentro de nosotros que nuestro nombre. Y nosotros nos abrazamos a Él y lo adoramos.

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