Viernes 17 de marzo de 2017. II semana de Cuaresma. Cuarto día de Quinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

– «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno5 Mataron a otro, y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”

Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. “

Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestaron:

– «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»

Y Jesús les dice:

– «¿No habéis leído nunca en la Escritura:

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.

Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta. (Mt. 21, 33-43. 45-46)

 

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Todos somos viña del Señor. Los talentos y dones recibidos deben dar fruto. Pero corremos el riesgo de ser labradores homicidas cuando dejamos pasar la oportunidad de amar y servir a quien más lo necesita. La indiferencia es hoy día una enfermedad endémica practicar el “sálvese quien pueda” puede llevarnos a que el Reino se le dé a quienes produzcan los frutos debidos. No se puede despreciar la piedra angular sobre la cual construimos la vida cristiana cada día. Es una encomienda que nos compromete a crecer cada día en la gracia y el amor.

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