Martes 3 de noviembre de 2015. XXXI semana del Tiempo Ordinario

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús:

–¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!

Jesús le contestó:

–Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados:

–Venid, que ya está preparado.

Pero ellos se excusaron uno tras otro.

El primero le dijo:

–He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor.

Otro dijo:

–He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.

Otro dijo:

–Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir.

El criado volvió a contárselo al amo.

Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado:

–Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.

El criado dijo:

–Señor, se ha hecho lo que mandaste y todavía queda sitio.

Entonces el amo dijo:

–Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.

Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete. (Lc. 14, 15-24)

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Alguien dice: “Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios”: Y Jesús, con una parábola, subraya que a esa bienaventuranza puede el hombre renunciar fácilmente y de manera definitiva: un “no” es suficiente para que el invitado recorra el abismo que va del “dichoso el que coma en el banquete del Reino” al “ninguno de aquellos convidados lo probará”. Han dejado en tu mano la opción de entrar en la dicha o excluirte de ella, de aceptar la invitación de quien ha preparado para ti su banquete o rechazarla. Atiende con atención la palabra del que te invita: “venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. No digas al amor que tienes otra cosa que hacer.

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